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TU PADRE, QUE VE EN LO SECRETO, TE RECOMPENSARÁ
Mt 6,1-6.16 -18

Una de las grandes crisis del mundo moderno es la crisis de paternidad. Desde mi experiencia, puedo decir que, una de las mayores crisis en nuestro querido departamento es la crisis de paternidad. A partir de esta realidad, ¡qué difícil es hoy hablar de la Paternidad de Dios! Sí, difícil, porque, para muchos, especialmente para los niños y los adolescentes, la única imagen paternal que tienen es la de un padre que los ha abandonado, para otros la imagen es de un padre abusador, e incluso, un padre agresivo.

A pesar de la crisis moderna de paternidad, también tengo que dar el testimonio que conozco personalmente a muchos padres que son excelentes en su paternidad: responsables, ecuánimes y bien dispuestos a darlo todo por el bienestar de sus hijos. Felicitaciones.

Reconociendo las luces y las sombras que existen en torno al tema de la paternidad, hermanos, tengamos la certeza que Dios es Padre. Dios es Padre, amoroso y misericordioso. Como vio el sufrimiento de su pueblo (cf Ex 3,7-14), Dios Padre ve nuestro sufrimiento. Dios al ver su pueblo sumido en el dolor les envía a Moisés, quien será su líder y compañero de camino, en el tránsito de Egipto a la tierra prometida. Dios llama a los profetas, para que inviten a su pueblo a la conversión; y, para que, se constituyeran en signos de esperanza y salvación.

La Palabra de Dios nos dice: “Cuando des limosna, cuando ores, cuando ayunes; háganlo en secreto; así, tu limosna, tu oración y tu ayuno, quedará en secreto y tu Padre que ve en lo secreto, te recompensará”. Hermanos, Dios Padre, nuestro Dios, el Emmanuel – el Dios con nosotros, no es un Dios insensible frente al sufrimiento humano, no. Dios Padre, nos ve y se compadece de nosotros; por eso, nos ha enviado a su Hijo, para que nos trajera salvación; para traernos vida y vida en abundancia (cf Jn 10,10).

Para ilustrar el misterio de la encarnación del Verbo eterno del Padre, escuchemos unas bellas palabras de San Juan de la Cruz, dice el santo: “El Padre habló una sola palabra desde toda la eternidad y la dijo en silencio, y es en el silencio donde la escuchamos”. Hermanos, el silencio es el primer leguaje de Dios, todos los demás lenguajes son traducciones pobres del misterio divino. Nuestra actitud debe ser, entonces, la del silencio; entrar en el cuarto de nuestra conciencia, allí donde Dios es más íntimo que nuestra propia intimidad. Así las cosas, la limosna, la oración y el ayuno, se constituyen en tres caminos sensibles a través de los cuales afinamos nuestro aparato receptivo a fin de que podamos percibir la acción de Dios en nuestra vida, esto a pesar de nuestro sufrimiento y por encima de nuestro sufrimiento. Creámoslo con fe, hermanos, Dios está vivo y camina con nosotros. Dios es nuestro Padre y nos ofrece su salud, su vida, su salvación; se nos da en la gracia, la que es siempre elevante y sanante. Dios Padre se nos ha dado y continúa dándosenos en su Hijo y con la fuerza poderosa del Espíritu Santo.

En Jesús y por Jesús, nuestro Señor, nosotros somos hijos de Dios Padre. Somos hijos en el Hijo. Aquellas palabras que desde el cielo escucha Jesús en el Jordán: Tú eres mi Hijo amado, el predilecto” (Mt 3,17; Mc 1,11), son palabras también para nosotros. En el secreto divino e inescrutable, hermanos, Dios ve nuestro sufrimiento y se compadece de toda la humanidad y de cada uno de nosotros. El amor de Dios es universal, pero también es un amor personal. Él nos conoce (cf Sal 138). Dios Padre, por Cristo, con Él y en Él nos ama hasta el extremo (cf Jn 13,1-ss).

Hermanos, sepámoslo con certeza: ningún ser humano, por más que humanamente se sienta abandonado es un caso perdido para Dios. Escuchemos la Palabra: “Hoy ha sido la salvación de esta casa, pues también este es hijo de Abrahán. Porque el Hijo del hombre ha venido a buscar y a salvar lo que estaba perdido” (Lc 19,10).

Dios Padre, en Cristo y con la fuerza del Espíritu Santo, a todos, óigase bien, a todos nos ama; y nos ama, no precisamente, porque seamos los mejores. Dios Padre, nos ama, porque su vocación, su esencia es amar “Dios es amor” (1 Jn 4,8). Dios Padre, en Jesucristo, su Hijo, nos ama, para que sintamos el deseo de ser diferentes; y, sobre todo, para que sintamos la necesidad de asemejarnos a su Hijo. Recordemos las palabras de san Pablo: “Tengan los mismos sentimientos de Cristo Jesús” (Fil 2,5).

Hermanos, a pesar de nuestro sufrimiento y por encima de nuestro sufrimiento, nuestra gran vocación es la de dejarnos amar de Dios, dejarnos divinizar por su gracia. Esta gracia se nos da por medio de los sacramentos. En esta cuaresma y, con frecuencia, acerquemos a la vida sacramental, es el camino ordinario y más común a través de los cuales Dios nos da su salvación.

Qué esta cuaresma, sea un tiempo propicio para acercarnos a Dios. Sea este tiempo litúrgico un tiempo oportunísimo para incrementar con Dios y entre nosotros la cultura del encuentro. Sólo seremos sanos y salvos si de verdad entramos en intimidad con Jesús, nuestro Señor; Él es el camino para ir al Padre (cf Jn 14,6).

La cuaresma es un tiempo litúrgico especial, por medio del cual, a través de actitudes, gestos, símbolos, encuentros…, entramos en intimidad con Dios. La falta de intimidad entre nosotros, los sufrimientos que guardamos en nuestro interior a causa del abandono paternal humano, como consecuencia de nuestros abusos humanos y de nuestras agresividades, superémoslas siendo cercanos a Jesús; y , una vez que, experimentemos la cercanía de nuestra Maestro y Señor, estemos seguros que Él nos dará la gracia para incrementar la cercanía, el perdón, la compasión, la ternura y la misericordia entre nosotros.

Como signos concretos de cercanía a Dios y a nuestro hermanos, practiquemos entre nosotros las virtudes de la limosna, la oración y el ayuno. Escuchemos con atención un bellísimo mensaje de san Charles Foucauld, dice el santo: Es más fácil orar que ayunar, es más fácil orar y ayunar que dar una limosna”.  Estas bellas, sencillas y profundas palabras nos pueden servir como punto de referencia para una verdadera conversión. La conversión en último término es ejercer la caridad. Sin la caridad todos los demás ejercicios de religiosidad y fe quedan vacíos (cf 1 Cor 13, ss).

Queridos sacerdotes, por favor, que este maravilloso tiempo litúrgico de la cuaresma, esté cargado de bendiciones divinas. Pido a Dios Padre, que a ustedes y a mí, la paternidad divina nos impulse a poner en práctica el bello título de padres que con tanto cariño repite el santo pueblo fiel de Dios, cuando con cariño y afecto se dirigen a nosotros. Queridos sacerdotes, que de verdad seamos padres para nuestros fieles. Tenemos la misión de ser hombres de Dios, hombres de oración, hombres de fe, esperanza y caridad. Nuestra paternidad espiritual tiene que ser para nuestros hermanos en la fe, la expresión más viva y eficaz del amor paternal, misericordioso e infinito de Dios Padre. Querido padre – sacerdote, quizás tú y yo seamos el único evangelio vivo que muchos hermanos nuestros leen y por medio del cual ellos tienen acceso a la paternidad de Dios.

Por favor, queridos sacerdotes, ejerzamos con amor, compasión y misericordia nuestro ministerio. Cuando se nos acerque alguien que requiera de nuestro servicio sacerdotal, acojámoslo como verdaderos padres y ofrezcámosle lo más bello que tenemos para dar: las bendiciones divinas. Dios Padre nos ha llamado a ser “padres”, en la Iglesia “instrumento universal de salvación” (cf LG 1). Seamos en este mundo en crisis de paternidad, los padres amorosos y misericordiosos que necesita el santo pueblo fiel de Dios.

Queridos sacerdotes – padres, dispongámonos con alegría y fe para que en este bello tiempo litúrgico de la cuaresma, y, siempre, estemos dispuestos a ejercer nuestra paternidad espiritual escuchando con amor a nuestros fieles. Por favor, dediquemos tiempo y energía ofreciendo con disponibilidad total espacios para ejercer el sacramento de la penitencia. Confesémonos y confesemos. Que el lema de esta cuaresma sea: “Siempre listos para servir y amar”.

Hermanos todos, san Agustín decía: “Temo a Dios que pasa y no se si volverá a pasar”. Hoy es el día oportuno, hoy es el día de la salvación. Hoy, Dios viene a salvarnos. Hoy, Dios Padre, nos ama y nos ama hasta el extremo, hasta no dar más. ¡Qué la gracia divina no pase de largo por nuestra vida!

Por favor, hermanos, demos limosna, oremos, ayunemos; pero sobre todo, dejémonos amar de Dios y desde Dios, con su gracia y su poder amemos, ejerzamos la caridad y seamos diligentes en amar sin distinción de credo, raza o clase social.

Escuchemos este bello mensaje de san Máximo el confesor: “La caridad no se demuestra solamente con la limosna, sino sobre todo con el hecho de comunicar  a los demás las enseñanzas divinas y prodigarles cuidados corporales”. ¡Qué no falte entre nosotros la obligación ética del cristiano: amar! Recordemos, nuestra exigencia es amar; así de radical es el evangelio: “mientras menosprecie a una sola persona, desprecio también a Dios… Mientras yo esté furioso con una sola persona, estoy furioso con Dios. Mientras ignore o envidie a una sola persona, ignoro o envidio también a Dios. Si soy celoso, también lo soy frente a Dios” (Franz Jalics).

El Corazón Inmaculado de María, nuestra Madre y Señora, la que experimentó en grado sumo el amor paternal de Dios, nos ayude a ser fieles al amor paternal de Dios Padre; y, como hizo con los servidores de Caná nos recuerde, hoy y siempre, qué debemos hacer lo que Jesús, el Hijo del Padre amoroso, nos pida.

Cuaresma: tiempo especial y oportuno para vivir instantes significativos de silencio; tiempo para la oración, el ayuno y la limosna. Tiempo para servir y amar. Tiempo para la unidad y el compartir fraterno.

 

Bendiciones queridos hermanos y hermanas.

 

 

Omar de Jesús Mejía G.

Arzobispo de Florencia.

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